Los domingos en Cuernavaca tienen un ritmo propio que invita a caminar sin prisa. Me gusta salir temprano, cuando el sol apenas empieza a calentar las paredes de las casas viejas y el aire todavía conserva ese frescor tan particular de los valles rodeados de montañas.
El primer café bajo la sombra
Mi caminata siempre empieza cerca de los portales del centro. Busco una mesa al aire libre donde pueda ver pasar a los vecinos que van por el periódico o por sus pases matutinos. Acompañar una taza de café caliente con una pieza de pan dulce recién horneado es un ritual que rompe cualquier prisa de la semana.
Paseos entre bugambilias y silencio
Al dejar el zócalo, prefiero desviarme por las callejuelas menos transitadas, donde la vegetación se asoma por encima de los muros. Esas flores magenta resplandeciendo bajo el cielo despejado me recuerdan por qué esta ciudad siempre se siente limpia y llena de vida.
Un cierre sereno para la jornada
Terminar la tarde viendo cómo el sol baja entre las copas de los árboles es la mejor manera de guardar energía. Regreso a casa con la tranquilidad de haber vivido unas horas simples y llenas de detalles bonitos.
